Pero no quería despedirme hasta septiembre sin aprovechar para dejarles con un debate que me tiene fascinado. Es un debate sobre el ascenso de las mujeres a los puestos de máxima responsabilidad,
en el gobierno y en las empresas, y los costes que ellos conlleva, los
obstáculos con los que se encuentran y, especialmente, con la mirada tan
interesante que aportan sobre la conciliación entre la vida personal y
la vida profesional, un tema en el que han sido pioneras las mujeres,
pero que cada vez nos preocupa, e incluso agobia, a cada vez más
hombres.
El debate lo inició Anne Marie Slaughter con este artículo en “The Atlantic Monthly”. Se titula “Why Women Still Can´t Have it All”, es decir, “¿Por qué las mujeres no pueden todavía tenerlo todo?”. La relevancia del artículo ( verán que tiene 192.000 recomendacines en Facebook y miles de menciones en Twitter) es que Anne Marie Slaughter es una de las mujeres más admiradas en el mundo de la política exterior estadounidense. No es que sea académicamente brillante
y haya completado una carrera universitaria extraordinaria, es que
además es una fantástica comunicadora (con fantásticos artículos en la
A-List del Financial Times), una activista política comprometida y una
persona encantadora (esto lo digo con conocimiento de causa, porque tuve
la suerte de sentarme al lado suyo en una cena celebrada en Berlín hace
un par de meses).
El caso es que Anne Marie accedió en enero del 2010 al
puesto seguramente más deseado por cualquier académico/a especialista
en relaciones internacionales: responsable de la unidad de análisis y
planificación del Departamento de Estado de Estados Unidos
(Head of the Policy Planning Staff). Ese puesto, con Obama de presidente
y Hillary Clinton de Secretaria de Estado es, como ella misma
reconocía, el puesto de su vida, el lugar para la realización personal y
profesional, una oportunidad increíble para dejar de estudiar la
política exterior y ponerse directamente a cocinarla.
Dos años después, sin
embargo, Anne Marie confiesa que no era feliz, que el precio personal de
vivir en Washington durante la semana, viajar continuamente y solo
ocasionalmente poder volver a Princeton con su familia le resultaba muy
elevado. A pesar de tener todas las facilidades económicas y todo el
apoyo familiar en un marido que respaldó su decisión y asumió sin
dudarlo la tarea de estar en el día a día con sus hijos, Anne Marie se
confiesa pensando todo el rato en que sus hijos, en plena adolescencia,
la necesitan y que ella, incluso aunque ellos no la necesitaran a ella,
también les necesita. Dos años después, Slaugther confiesa que decidió tirar la toalla y volverse a casa.
“¿Por qué los hombres no tienen estas preocupaciones?”,
se pregunta Slaughter, lo que le permite abrir una reflexión sobre
hasta qué punto los hombres han conformado una cultura profesional en la
que la vida familiar es una debilidad, algo que debe dejarse a un lado
y, especialmente si quieres ocupar altos puestos de responsabilidad
sacrificar. Y la facilidad con la que lo hacen es algo desquiciante,
añade, hasta el punto de que cuando en Washington alguien es cesado por
discrepancias o errores políticos, todo el mundo acepta como natural que
se diga que se va a casa “para pasar más tiempo con su familia” cuando
todo el mundo sabe que es un eufemismo o directamente una mentira.
Las mujeres, concluye Slaughter, nos hemos mentido a nosotras mismas,
y seguimos haciéndolo cuando creemos que podemos ser exitosas como los
hombres, ocupar altos puestos de responsabilidad, y encima mantener una
vida familiar y personal plena, incluyendo cuidar a nuestros hijos. No
se trata sólo de cuidar de ellos, sino de pasar tiempo con ellos, tener
la oportunidad de ayudarles a formarse como personas etc. Por eso,
concluye Slaughter, comportarnos como “super-women” no es la solución:
claro que podemos tener éxito y hacerlo tan bien como ellos, pero ¿de verdad queremos pagar el mismo precio?,
se pregunta. ¿No sería mejor, sugiere, que cambiáramos esa cultura
laboral, pensada por y para hombres, de tal manera que hubiera más
flexibilidad y, sobre todo, más visibilidad del hecho de que todos
tenemos más dimensiones que la estrictamente laboral?
No puedo estar más de acuerdo con las
reflexiones de Slaughter. Todos sabemos por experiencia hasta qué punto
nuestros mundos laborales está lleno de hombres exitosos
profesionalmente pero fracasados en lo personal y en lo familiar,
hombres que no quieren irse a casa, hombres unidimensionales,
entrenados para el trabajo, adictos a él y que han renunciado a su vida
familiar. Luego se jubilan o les dan un premio, y agradecen a su
familia “el apoyo” pero todos sabemos que en muchos de esos casos nunca
hubo un apoyo, sólo una resignación por una ausencia que prolongó por
décadas sin ningún cuestionamiento. Slaughter es honesta, seamos
los hombres también honestos y reconozcamos que somos el problema y,
por tanto, la solución. Es mejor que las imitemos a ellas que que ellas
nos imiten a nosotros.
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